“a fin de que en Cristo Jesús la bendición de Abraham viniera a los gentiles, para que recibiéramos la promesa del Espíritu mediante la fe.”
Gálatas 3:14 LBLA
Dios es un Dios de promesas, pero podemos ver que, además de ser promesas grandes y llenas de gracia, Dios se emociona al darlas y al concederlas.
Un día le anunció a Abraham que de su simiente vendría quien habría de bendecir tanto a judíos como gentiles, haciendo de ellos un solo pueblo, herederos de la bendición que él había comenzado con su fe en el Dios que se le había revelado.
El profeta Jeremías, en el capítulo 33, nos anuncia que la promesa que contenía esa bendición estaría marcada en un nuevo pacto y que haría que la ley conforme a la naturaleza de Dios estuviera grabada en nuestros corazones y que nos deleitaríamos en poder andar en ella.
El día de Pentecostés, el Dios cumplidor de promesas comenzó a cumplirla.
La mayor bendición que Dios podía darnos, como Pablo nos indica aquí, es su Espíritu en nosotros.
Después de la obra hecha por Jesucristo a nuestro favor y habiéndose sentado a la diestra de Dios, por medio del Espíritu Santo, habita en nosotros, permitiendo que seamos una expresión viviente de la vida divina, deleitándonos en vivir y hacer realidad su voluntad, pudiendo crucificar con su poder nuestro YO diariamente, y, de esta manera, mostrar el fruto del Espíritu, que no es otro que la vida de Jesús revelada en una forma de vivir diaria y en relaciones.
Además de disfrutar de una íntima comunión con Dios por medio del Espíritu que nos lleva a conocer más los tesoros y la sabiduría que están escondidos en Cristo Jesús.
Sin duda, Dios es el infinito y gran prometedor y cumplidor de promesas.
