“Porque había un tabernáculo preparado en la parte anterior, en el cual estaban el candelabro, la mesa y los panes consagrados; este se llama el Lugar Santo. Y detrás del segundo velo había un tabernáculo llamado el Lugar Santísimo”.
Hebreos 9:2-3 LBLA
El tabernáculo era un lugar donde, bajo el antiguo pacto, el pueblo ejercía los deberes de esa dispensación.
Pero quiero detenerme en el deseo de lo que Dios preparó.
Primero se debían ofrecer sacrificios por el pecado en el altar del sacrificio situado en el atrio, un lugar de olor y visualmente desagradable, pero necesario para que se solucionara y no hubiera pecado entre el Dios Santo y su pueblo.
Entonces se entraba al lugar santo, y lo que nos encontramos es un aroma especial, una mesa puesta y luz tenue para tener comunión.
Era entonces que el siguiente y último lugar al que se entraba era el lugar santísimo, un lugar íntimo, silencioso, donde se tenía intimidad y, como se dijo de Moisés, veía a Dios cara a cara.
No puedo evitar ver el deseo del corazón de Dios en todo esto. Veo un profundo deseo por perdonar, restablecer la comunión, tener relación y continuar con intimidad.
Un Dios alto y sublime como el nuestro, pero con un deseo tan intencional de comunión.
Termino con la idea del matrimonio como un representante de quien, bajo un pacto, se mantienen sin nada entre ellos, en comunión alrededor de una mesa, para terminar en la alcoba confirmando ese pacto en intimidad.
No dejemos de sentarnos cada día a la mesa preparada por nuestro amante Dios.
